¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

miércoles, 1 de mayo de 2013



Escuché una nueva llamada y vi un nuevo horizonte, y en mi juventud lo creí. Y, sin embargo, me encontraba justo donde había empezado.

Bajaban por la calle bailando como peonzas enloquecidas, y yo me tambaleaba tras ellos como he hecho toda mi vida siguiendo a la gente que me interesa, 

porque la única gente que me interesa es la que está loca, 

la que está loca por vivir, 
loca por hablar, 
loca por salvarse, 
con ganas de todo al mismo tiempo, 

que nunca bosteza, ni habla de cosas normales 

sino que arde, 

              arde, 

                 arde como fabulosos cohetes amarillos explotando como arañas a través de las estrellas, y en el medio ves el 

pop 


de una luz azul y todo el mundo dice 

"¡Oohhh!
  


Parientes occidentales del sol, eso es la gente que me interesa.

Gente que, si es delincuente, lo es solo porque quiere vivir intensamente, y conocer gente que de otro modo no le habría hecho caso.

El asunto es que quieren comprender los factores en los que uno debe apoyarse de la dicotomía de Schopenhauer para conseguir una realización interior.

¡Cuánto se necesita para 
aunque sea 
comenzar a darse cuenta de todo, 

sin los frenos distorsionadores y los cuelgues, como esas inhibiciones literarias y los miedos gramaticales!

En cambio, yo soy muy de perdonárselo todo a todos, 
                                    de dejarme ir, 
                                    de emborracharme. 

Me pongo a hablar de lunas y de flores.

-¡Feliz cumpleaños a todos!

Y no me emborracho con alcohol, solo con lo que a mi me gusta, montones de gente.

Una menda se emborracha con la altura.