No dije nada a nadie, pero ayer, de camino a Barcelona, hablé con una desconocida durante varias paradas. Llevábamos más de medio trayecto juntas; al sentarse me había preguntado si el tren paraba en la estación de Sants. Tenía acento andaluz. Me quité uno de los auriculares, no había oído bien la pregunta, pero la había entendido lo suficiente como para no pedirle que la repitiera. Le dije que sí, yo también me bajaría ahí así que más nos valía estar pendientes; ella me dio las gracias. Llevaba una maleta bastante grande, y una bolsa azul de Ikea llena hasta los topes.
Yo iba aburrida. Ella hablaba por Whatsapp con Ana. Tecleaba con el índice. Me fijé en la conversación. Cometía gravísimas faltas de ortografía, y yo me espanté. "Qué horror", pensé, "¿no ha leído un libro en su vida?" Tal vez se me viese en la cara, tal vez abriese los ojos como platos, y el chico que tenía sentado en frente me miró fijamente. Él llevaba los cascos puestos.
Al cabo de quince minutos, me mostró la pantalla del móvil y, para mi sorpresa, me preguntó si Sants se escribía “Sants”. Volví a horrorizarme al leer “Lla llego”. Le confirmé su duda con una sonrisa. ¡Qué vergüenza, si hubiera notado la lástima que yo sentía! Puede que lo percibiese, puesto que se explicó.
Es que yo no tengo estudios. Mi hija vive en un pueblo y voy a verla, y a su niño.
Seguí el rollo (aún quedaba un rato de viaje): vaya, ¿dónde vive usted?
En Ripollet. Es un viajecito, pero como para allá luego solo pasa un tren, prefiero llegar antes aunque tenga que tomarme un café en Sants. La aldea está a cinco minutos en coche de la estación, vendrá a buscarme. Ella está muy mal, ya sabes. Y con un niño chico. Y no le ayuda nadie.
¿Cuántas paradas quedan?
Creo que quedan dos.
Yo sé por lo que está pasando. Tampoco gano mucho, pero tengo que ayudarla. Ya ves, le llevo comida, voy a comprar con ella y llenamos la nevera. Lo que sea, le decía, yo sé por lo que está pasando. Piensa que yo me quedé sola con cuatro niños. Mi marido se fue, dieciséis, diez, quince y ocho años tenían. Claro, trabajo de limpiadora. Ella la pobre solo está a media jornada, cuatrocientos euros. El niño ya se da cuenta, cuando le manda a comprar cosas. Beben la cocacola del Día. Ella fuma, y parece que se gasta el dinero en eso. La gente no lo entiende. La cocacola es del Día... La pobre se distribuye como puede.
Hizo ademán de recoger sus cosas. Me fijé en la bolsa de Ikea, con lo que me pareció ver un paquete de donetes, pan de molde. Rebosaba. Yo rectifiqué: “Ah, no, no es esta, me he equivocado… ¿Es Cataluña?, creo que lo pone” El chico me miró fijamente de nuevo. “Sí, es Cataluña”. Y se levantó y se bajó. Ella le sonrió y volvió a mirarme.
¿Y tus suegros?, le digo. Mama, ya sabes que ellos no están para nada. No puedo contar con ellos. Claro, como no la han parido. Ellos tienen otra hija y sí que están por ella. Cuando mi niña parió, fui yo para allá corriendo. Ellos estaban muy tranquilos, claro, no la han parido. Cuando su hija parió, ¡claro, ahí sí se preocuparon! Tú no lo entiendes porque no tienes hijos, pero es un sufrimiento muy grande. Ya lo entenderás cuando tengas hijos.
Yo de vez en cuando asentía, le daba la razón en todo. Hace usted muy bien, es una buena madre. Cada uno se preocupa por lo suyo. Es que las cosas están muy mal. Creo que al final todo el mundo lo hace lo mejor que sabe y tiene que preocuparse por hacerlo lo mejor que sabe. Su hija tiene mucha suerte de poder contar con usted.
Tenía mucho acento, posiblemente cordobés, seseaba. Había momentos en que no la entendía. Me fijé en ella. No creo que fuese mucho mayor que mi madre. No sé si pasaba los 60. Imagino que había sido guapa, y aún lo era. Sus ojos brillaban de indignación y emoción mientras hablaba. Eran muy bonitos, oscuros, de color verde azulado. La sonrisa, amplia y tristona; los dientes, no muy cuidados. Creo que tenía un buen cutis aunque machacado. El pelo, entre rojizo y moreno, sembrado de canas, atado en una corta coleta, con algunos pelos sueltos. Era como si se hubiera levantado y, sin pensarlo, hubiera cogido las cosas y subido en el tren, decidida pero sin prisa.
Habíamos llegado a Sants, justo a la orilla de las escaleras mecánicas. “¡Ni hecho a propósito!”, sonreía con el logro. Yo sonreí también, “¡ya es suerte!” Le pregunté si le ayudaba a subir algo, declinó la oferta. Podía sola. Cuando llegamos arriba, me dijo que estaba encantada, que muchas gracias. Y yo le deseé suerte, "me ha encantado hablar con usted, que vaya muy bien" y, sin darme la vuelta para mirarla por última vez, puse rumbo al exterior de la estación.
El sol me cegaba.
Me esperaba una feria de productos españoles. Probé muestras de quesos, cecina, conserva de cangrejo, quesada pasiega.
Llegó mi amiga Montse.