¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

lunes, 23 de octubre de 2017

Ous remenats

Cuando todo a mi alrededor se revolvía, yo escuchaba una y otra vez la canción 3WW de ALT-J.


Años atrás, un chico irreformable me explicó que el referéndum (del 9N) era ilegal porque la pregunta era anticonstitucional. La constitución no es modificable, me dijo. No se puede cambiar la ley máxima de referencia de un estado, me explicó. La inmutabilidad arbitraria a conveniencia de unos pocos. Yo debía de ser muy tonta, porque no lo entendí.

El miércoles 20 de septiembre del 17 empezaron las caceroladas en mi barrio. Por suerte yo acababa de superar una bastante horrorosa gastroenteritis, por lo que no me molestó tanto como lo habría hecho de haber ocurrido el día 12 de septiembre, uno después de la Diada,  que estuve vomitando desde que salió el sol hasta que se puso. Una semana antes, el 6, se había aprobado en el Parlament de Catalunya una ley votada por algo más de la mitad del hemiciclo. Muchos parlamentarios se habían ido de la sala. Muchos de ellos pidieron la palabra y se la denegaron. Así, se la negaban también a sus representados (imaginé que esos señores estaban ahí porque alguien les habría votado). Les metían pelotas en la boca. Obviamente, no dije nada (mi lengua aún no estaba caliente). Pero no lo entendí. 

Unos días después, me dijeron que ojalá la gente que vota al PP y al PSOE y a Ciudadanos no pudiera votar. Ahí mi se me llenó la boca de palabras y mi voz se agudizó. Nerviosa, se me iban inundando los ojos. Como pude, dije que esas personas debían tener su derecho a expresar su opinión de mierda, esa que tanto me desagrada. Me gritaron fascista, como a los del aguilucho. Me metieron pelotas en la boca. Tampoco lo entendí.

Comenzaba a darme cuenta de que ese limbo en el que me había instalado muchos años antes de llegar a Cataluña se estaba desmoronando, y de que cualquier cosa que yo hiciera o pensara sería despreciada en alguno de los dos bandos que unos cuantos se estaban encargando de levantar y fortalecer. Y, aunque seguía sin entender nada, advertí (o me advirtieron de) que llegaría un momento, no muy lejano, en el que solo habría vencedores y vencidos. Y yo sería vencida a un lado y a otro de la frontera, cuando ya las palabras no sirvieran y ni siquiera yo supiera qué pensaba.

Mi problema era carecer de sentimiento patrio. Ser de fuera y vivir dentro. No entender, o quizás no querer entender, de nacionalismos ni de pueblos oprimidos, ni de opresores... ¡Y yo, que antes afirmaba que no tomar partido en algunos asuntos te coloca automáticamente en el equipo del que oprime y acalla..!

Y tal como empezó, siguió: desde el día 20 de septiembre, cada día, media hora de campanas de guerra repicando en mis oídos. De vez en cuando, mis compañeros de piso sacaban las cacerolas ellos también. Y, a veces, yo grababa unos segundos de vídeo de la banda sonora.

Unos días después, el Gobierno central pidió por orden judicial que vinieran fuerzas del Estado.

Un día se escuchó el himno de España y vi una bandera y, muy a mi pesar, me sentí un poco menos sola. Asistí a la manifestación blanca. Pero ya estábamos en el ojo del huracán.
Al final, en mi balcón ondearon bandera española y senyera, una junto a la otra, como demandaba mi derecho (¿mi necesidad?) de expresión. Algún vecino exigió en el papel donde apuntamos el gas: "3º 1ª GO HOME". Cerré la boca, me acabé yendo del piso, quitaron mis banderas (me las devolvieron, están en mi armario) y, por fin, entendí.

Y lo que entendí fue que no podía hacer nada abrazada a símbolos de los que tanto se ha abusado.

Ya me he cansado de rememorar.

Desde entonces, vivo en la lucha cotidiana por recuperar sin telas de colores un espacio blanco sobre el que, día tras día, españolistas y catalanistas se sacan la chorra y mean.