¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.
Siempre he sabido, en un lugar recóndito de mi interior (donde las palabras son un lastre), que intimar supone exponer mi naturaleza minusválida.
Así que solo me relacionaba con lo que me parecían tuertos.
(No me reconocerían.)
Y aunque me temía que, si en algún momento me acercaba lo suficiente, la mirada de Dios me confirmaría como fraude, Él se ha empeñado en convencerme (mirada a mirada) de que la única ciega soy yo.