Sé que es ella
quien apaga el antimosquitos,
quien olvida sacar la basura,
quien no recoge los platos ya secos.
Cada día la interpelo
por todos sus despistes,
y, temiendo haber sido muy dura,
luego le pregunto
sobre su día,
su trabajo,
(y me acerco)
cuál es su bandera,
a qué dioses adora,
qué voces oye en su cabeza.
Y no sabe/no contesta,
o no me escucha.
Porque cada vez que le hablo mira a ambos lados
como si cruzara la calle,
se encoge de hombros,
se hace la tonta.
(Ya veis el percal.)
Finge que no nota
que estoy aquí
(que no sabe que existo)
y yo, mientras,
me encierro en mi cuarto y me quejo
y lloro
de rabia y de impotencia
por no saber
con quién narices comparto mi piso.
Sin embargo soy blanda,
y por eso cada día
retomo el ejercicio
estéril
de intentar conocer a esa
soberana gilipollas
que me mira desde el espejo.