¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

viernes, 21 de agosto de 2020

La descomposición perceptible

El estado de alarma duró 99 días.

Mi aislamiento completo duró 59. Lo sentí tan largo, que, cuando por fin pude salir de casa e interactuar, mi cuerpo había olvidado cómo mantener conversaciones con más de una persona. La vuelta a la rutina del trabajo no fue mucho mejor: durante un par de meses padecí llantinas diarias (cada vez que alguien preguntaba "qué tal") y una sensación de asfixia casi constante. Y es que, como Alicia y la Reina Roja, corría hasta sacar el hígado por la boca para llegar a alguna parte pero, paradójicamente, no me movía del sitio. Y sentía que quizás algo dentro de mi se estaba desgastando de más, quizás para siempre.

En julio del año pasado escribía en esta foto de instagram que andaba "descomponiéndome a un ritmo imperceptible". Creo que sigue sin notarse, pero siento que este curso ha acelerado el proceso cosa loca. Una amiga dice que "el cuerpo es una maquinita" y también va en declive, ¡lo que me faltaba! Quizás es que he tenido más tiempo para mirarme fijamente en el espejo del baño, pero lo que antes era alguna cana suelta por mi melenón ahora son manojitos de "hilos de Luna", como María las llama elegantemente. La piel de mi cara está más manchada, del sol que me da en el camino al laboratorio, pues mi (leve) hipocondría y (elevado) sentido de la responsabilidad impiden que coja el metro con mucha frecuencia, y ahora resulta que he retomado la bicicleta. Como llevaba cinco años sin darle a un pedal y 60 días haciendo una media de 700 pasos al día, mis articulaciones se han resentido; además, en un episodio mi zona genital decidió ser hogar de un hongo que me tuvo una semana dolorida y molesta.

Huelga remarcar que noto más arrugas junto a los ojos.

Hasta aquí la revisión de mis descomposiciones. 

Ahora viene lo bueno.

Y lo bueno es que tengo muchas cosas que no pueden descomponerse, como mi gusto por las personas aunque no sepa mirarlas o escucharlas. También hay algunas que se han ido recomponiendo tras la descomposición: ya no temo correr quieta pues sé que llegaré a algún lado, quizás a la conclusión de que no quiero moverme.

Y luego están las mejores cosas de todas las que poseo: las que siguen conmigo a pesar de que me haya descompuesto... 

...Y Dios, que me ha acompañado todo el tiempo, aunque escondidísimo (aún sigo enfadada con Él por no dejarme verle), y sigue conmigo quizás precisamente porque sabía que yo me creería descompuesta.