¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

martes, 19 de marzo de 2013

"O te acuestas conmigo, o no eres nada"


QUÉ SABES TÚ..

¿Qué sabes tú, qué sabes tú apartada
injustamente en tu cruel pureza;
tú sin vicio, sin culpa, sin bajeza,
y sólo yo lascivo y sin coartada?

Rompe ya esa inocencia enmascarada,
no dejes que en mí solo el mal escueza;
que responda a la vez de mi flaqueza
y de que tú seas hembra y encarnada;

que tengas tetas para ser mordidas,
lengua que dar y nalgas para asidas
y un sexo que violar entre las piernas.

No hay más minas del Bien que las cavernas
del Mal profundas; y comprende, amada,
que o te acuestas conmigo o no eres nada. 

Tomás Segovia


Veneremos el valor del pensamiento
con que Tomás Segovia tiñó una hoja en blanco
mas, amigos, que me aspen si miento,
que no es más que, del machismo, el segundo asalto.

Intentemos saber qué ronda por su cabeza:
una larga pregunta inquisitiva 
es lo que comienza la rima
y un imperativo domina 
a lo largo de todo el poema:
superioridad, obligación,
una honda pena, 
y al final, 
no.

"Su majestad" se ha cansado de darle vueltas
y como para él ella no es nada, 
y nada le dio,
sola, 
ella, 
nadando se queda.

Y seguro, que en el punto y final
nuestro tirano galán
no hizo más que pensar:
"todo esto, por estrecha".

¡Cuántas veces te autoengañas,
anónima compañera,
y por mucho que "te quieran",
sea como sea, al final,
sola,
nadando,
te quedas!

miércoles, 6 de marzo de 2013

Fin del exocomunicado

¡Quiérele!
 
Manifiéstate de súbito. 
Chocáos como por arte mágico 
en el Bukowski 
un miércoles. 
Pedíos disculpas. 
Intentad tirar el muro gélido 
diciéndoos las cuatro cosas típicas. 
Invitaos a bebidas alcohólicas. 
Escúchale decir cosas estúpidas y ríete. 
Sorpréndete valorándolo como oferta sólida.
 
Y a partir de ahí, ¡quiérele!

Acompáñale a su triste habitáculo. 
Relajaos y poneos música. 
De pronto, abalanzáos como bestias indómitas. 
Mordeos, tocaos, gritaos. 
Permitíos que todo sea válido. 
Y sin parar f*****s, 
f*****s hasta quedar afónicos, 
f*****s hasta quedar escuálidos.

Y al otro día, ¡quiérele!

Uníos en vuestro caminar errático. 
Descubrid restaurantes asiáticos. 
 Compartid películas. 
Celebrad vuestras onomásticas 
regalándoos fruslerías simbólicas. 
Compraos un piso. 
Hipotecadlo. 
Llenadlo con electrodomésticos 
y regalad nueve horas periódicas a trabajos insípidos 
que permitan rellenar el frigorífico.
 
Y mientras todo ocurre ¡solo quiérele!

Continua queriéndole mientras pasan espídicas las décadas. 
Dejando que os arrojen al hospital geriátrico.
 Inválidos, 
mirándoos,
sin más fuerza ni diálogo que el eco de vuestras vacías cáscaras.

¡Quiérele!


Para que puedas decirle cuando veas la sombra de su lápida 
"ojalá, 
ojalá como dijo aquel filósofo 
el tiempo sea cícilico 
y volvamos reencarnándonos en dos vidas idénticas."

Y cuando en el umbral redescubierto 
de una noche de miércoles pretérita, 
tras chocarse contigo girándose te diga: 
"Huy, perdóname". 

Ruego que permita el Dios auténtico que recuerde el futuro de este cántico. 
Y anticipándolo puedas mirarle directo a los ojos. 
Y conociéndolo muy bien 
y sabiendo el devenir de futuras esdrújulas 
destrozando de un pisotón tu brújula 
le digas 
solo 
"quiéreme"...