¡Quiérele!
Manifiéstate
de súbito.
Chocáos como por arte mágico
en el Bukowski
un
miércoles.
Pedíos disculpas.
Intentad tirar el muro gélido
diciéndoos las cuatro cosas típicas.
Invitaos a bebidas alcohólicas.
Escúchale decir cosas estúpidas y ríete.
Sorpréndete valorándolo como
oferta sólida.
Y a partir de ahí, ¡quiérele!
Acompáñale a su triste habitáculo.
Relajaos y poneos música.
De pronto,
abalanzáos como bestias indómitas.
Mordeos, tocaos,
gritaos.
Permitíos que todo sea válido.
Y sin parar f*****s,
f*****s hasta quedar afónicos,
f*****s hasta quedar escuálidos.
Y al otro día, ¡quiérele!
Uníos en vuestro caminar errático.
Descubrid restaurantes asiáticos.
Compartid películas.
Celebrad vuestras onomásticas
regalándoos
fruslerías simbólicas.
Compraos un piso.
Hipotecadlo.
Llenadlo
con electrodomésticos
y regalad nueve horas periódicas a trabajos
insípidos
que permitan rellenar el frigorífico.
Y mientras todo ocurre ¡solo quiérele!
Continua queriéndole mientras pasan espídicas las décadas.
Dejando que os
arrojen al hospital geriátrico.
Inválidos,
mirándoos,
sin más fuerza ni
diálogo que el eco de vuestras vacías cáscaras.
¡Quiérele!
Para
que puedas decirle cuando veas la sombra de su lápida
"ojalá,
ojalá como
dijo aquel filósofo
el tiempo sea cícilico
y volvamos reencarnándonos en
dos vidas idénticas."
Y cuando en el umbral redescubierto
de una noche
de miércoles pretérita,
tras chocarse contigo girándose te diga:
"Huy,
perdóname".
Ruego que permita el Dios auténtico que recuerde el futuro
de este cántico.
Y anticipándolo puedas mirarle directo a los ojos.
Y
conociéndolo muy bien
y sabiendo el devenir de futuras esdrújulas
destrozando de un pisotón tu brújula
le digas
solo
"quiéreme"...