Abre mucho los ojos y me dice que es músico.
“Eh, yo soy músico.”
Él ya tiene los ojos grandes… Muy grandes y muy oscuros, y me parece que esos ojos van a tragarme en cualquier momento.
Entonces me invade una especie de vergüenza extraña, como si hubiera tenido que saberlo de antemano.
“Ah, no tenía ni idea, lo siento”, le digo, y me da la sensación de que si sigue hablándome después de ese momento me va a estar perdonando la vida.
Y seguimos hablando.