¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

lunes, 28 de diciembre de 2015

Cómo no ha de ser la libertad

"Me queda la libertad de pedirle peras al olmo."

Alfred Wolfsohn a Charlotte Solomon en "Charlotte".

David Foenkinos


La libertad es algo más complicado de lo que pensaba.

Cuando era pequeña, creía que la libertad se reducía a hacer lo que quisiese hacer, o a querer lo que hacía; lo definía como una especie de libre albedrío con algo más de responsabilidad, sin captar los matices. Imaginaba las situaciones que se me irían planteando en la vida como encrucijadas, como dos caminos alternativos, excluyentes y muy diferentes entre sí. A un lado se abriría uno bueno y al otro lado uno malo. En mi imaginación, el bueno tendría prácticamente un arcoíris sobre él, bajo el cual revolotearían las mariposas, y el malo estaría flanqueado por árboles necróticos y flores marchitas.

Sin embargo, pese a lo fácil que sería diferenciarlos, elegiría uno u otro dependiendo de la compañía (claro está, el lobo feroz me guiaría por el escarpado sendero del mal). En mi cabeza, además, existían dos problemas. El primero: que nada más entrar yo ya sabría si la decisión había sido, o no, la correcta, sin dudarlo. El segundo: que sería imposible dar la vuelta y rectificar: solo podría seguir adelante, sabiendo que me había equivocado, de por vida.

El derecho al error quedaba anulado en la libertad imaginada. Sea lo que fuera lo que eligiese, sería irrevocable. Y yo me convertiría per secula seculorum en esclava de mi decisión equivocada, y no sería ya dueña de mi libertad. Supongo que por este motivo sigo preguntando doscientas veces cómo hacer las cosas antes de hacerlas: para no errar, quedando supeditada a mis fallos.

Muy por el contrario, ahora sé que si siguiera por ese camino, tarde o temprano poseería la más absoluta de las nadas, ninguno de mis actos (ni nada que obtuviese como consecuencia de alguno de ellos) sería realmente mío, sino que pertenecería a quien me hubiera aconsejado al respecto. Lo que viene siendo: elegir el camino según la compañía.

No sé si estas ideas se alejan mucho de lo que es realmente la libertad. En ocasiones me pregunto si habré sido yo alguna vez el factor limitante para la decisión de alguien.

Supongo que sí.

Pero espero que no.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Los momentos.



A él le encantan los momentos.

Bueno, nuestros momentos.

Para él, nuestros momentos son sagrados. 

No está permitido hacer o decir nada que los rompa.

Suelen ser muy luminosos, de una luz agradable que te cierra los ojos.

Nuestros momentos de él suelen pillarnos muy juntos y muy callados.

Tan juntos y tan callados que apenas nos notamos el uno al otro, no existen lindes.

Somos una unidad taciturna.

No nos unimos, estamos juntos.

Es una muda simbiosis que consiste en, simplemente, respirar.

Respirar.

Y ya.

Siempre que he tenido a alguien tan cerca me he esforzado en acompasar mi ritmo respiratorio al de la otra persona, respirando a la par. Él y algunas clases de fisiología animal me descubrieron que cada uno lleva su ritmo, determinado en parte por el tamaño de los pulmones. Los suyos son enormes, y por eso suele respirar muy lento y muy tranquilo.

Y yo ya no intento adaptarme...

Pero acabo respirando muy lento...

...y muy tranquila.

Tal vez porque soy más nerviosa, a mi me gustan más otros momentos.

Nuestros momentos míos suelen tener ruido, ruido de él riéndose, entre otros. A veces se ríe como si fuera muy adulto y le sorprendiera la gracia que le hacen algunas cosas. Y eso que no es, para nada, una persona seria. A veces su risa va in crescendo, retroalimentándose, y me hace mucha gracia, y me acabo riendo yo también, de la sorpresa que es que a alguien le sorprenda su propia risa.

Otro ruido es la música. A veces, nuestros momentos suyos evolucionan a momentos nuestros míos, y de pronto la unidad deja de ser muda, y canta y baila y se ríe.

(Él siempre consigue hacer globoflexia con las situaciones.)

Cuando se ríe, por entre los poros se le escapa que me quiere y lo contento que está por ello, y eso me cala hasta los huesos y me ablanda por dentro, y me hace dudar hasta de la incurabilidad de mis cicatrices.

Es que a veces todo es oscuro, a veces todo está oscuro... Menos él.

viernes, 24 de abril de 2015

De intestinos y manzanos y leyes metafísicas.

"No se trata tanto de que mi vida sentimental sea turbulenta como de que yo "turbulentizo" hasta la más simple interacción con una acelga."
@BuArena


Hace unos años, tuvimos una conversación muy rara. Va el tío y me suelta que los intestinos podían ser buenas sogas para colgarse de un manzano.

¿Quién en su sano juicio se colgaría de un manzano con sus propias vísceras?, le pregunté. Mientras las palabras salían de mi boca pensé en Rasca y Pica y en la gracia que me hace que sean dibujos animados dentro de dibujos animados, y en que posiblemente a nosotros también nos esté viendo Alguien a través de una pantalla, y entonces Rasca y Pica serían dibujos animados elevados al cubo, al cubo de agua que me debería tirar por la cabeza cada vez que pienso en chorradas de este calibre.

Volví a la conversación.

"Pues yo mismo, si quisiera que me confundieras con una manzana y que pensaras que has descubierto algo. Algo de gran gravedad."

Y continuó parloteando semiforzadamente acerca de tontunas, de suposiciones, metiéndose en subjuntivos de once varas, como hacía siempre que yo estaba tristona y se lo contagiaba. Cada uno se enfrenta a la melancolía como puede, como sabe y como quiere.

Que yo estaría medio dormida, bajo el árbol, leyendo algún libro insulso, escuchando alguna canción para descerebrados. Que caería sobre mi haciendo zig-zag como una pluma.

Que esta atracción no tendría nada que ver con las leyes de la física, sino de la metafísica.

Y que entonces...

Entonces él habría caído para que yo descubriera una nueva ley que, vale, no me haría millonaria, peeero.

domingo, 1 de marzo de 2015

Breve introducción al concepto de predisposición genética

La predisposición genética es la presencia de determinadas variaciones en la secuencia de DNA, cuya combinación en un individuo (haplotipo), no necesariamente de forma anormal pero sí asociada a un ambiente propicio, incrementa el riesgo de desarrollar un fenotipo determinado.

Mientras que hay manifestaciones que se deben exclusivamente al ambiente (creencias religiosas, ideología política), o exclusivamente a la carga genética (síndrome de Down), se ha demostrado que su combinación da lugar a un amplio espectro fenotípico, en términos de:
- Cáncer
- Adicciones
- Romanticismo


jueves, 19 de febrero de 2015

¿Dónde me suicidé?

"Si nunca se habla de una cosa, es como si no hubiese sucedido."
 Oscar Wilde



"Si nunca hablo de mis cosas, es como si me hubiese suicidado."

Espe Medina

Me suicidé
en mis ganas de ganarle,
que las apuestas
fueron tres mil a uno...

¡Por poco no me queda
un duro para darte!

Aunque sí malgasté
el verso (in)oportuno.

Casi siempre lo niego todo,
aunque solo
en parte.

Por fin corté la baraja;
por fin hubo descarte,
y multipliqué por diez
el extra de mis asuntos.

Porque por esto *,
por poco apuesto
entero el siglo veintiuno,
mi fe de erratas,
el "juntos y aparte",
las cartas que no sé dónde enviarte,
el tutú,
los achís,
y, al tuntún,
los "merci"s
y el desayuno.


uno el índice y el pulgar de la mano derecha mientras mantengo cerrado el resto de la mano; la muevo un poco de atrás hacia adelante.

(Original: http://pisatxarcos.blogspot.com.es/2012/01/gambler.html )