¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

martes, 10 de noviembre de 2020

La Indulgencia

La vida es dura cuando no eres manso y humilde de espíritu: el derecho (y deber) autoimpuesto de "ser" va ensuciando el corazón y, como cuando no barres en varias semanas, de pronto encuentras en la esquina de detrás de la puerta un pelusón al que podrías poner hasta nombre (¿"Orgullo"?).

Por suerte tenemos El Cielo, que nos abre a la idea de vernos de lejos: pequeñas, insignificantes. Pienso en las hormigas, luchando por desplazar una semilla sin imaginarse mínimamente que, para los seres humanos, esa semilla se mueve con un soplido.

Con sentido del humor podemos llegar a reírnos, un ratito, de nosotras mismas y perdonarnos por no barrer y, además, para nuestra desgracia, ser taaaaaan ingenuas de creer que la semilla o el grano de arena son  i m p o s i b l e s  de mover.

¡Salut, força al canut, y que no nos coman la pelusas!

viernes, 21 de agosto de 2020

La descomposición perceptible

El estado de alarma duró 99 días.

Mi aislamiento completo duró 59. Lo sentí tan largo, que, cuando por fin pude salir de casa e interactuar, mi cuerpo había olvidado cómo mantener conversaciones con más de una persona. La vuelta a la rutina del trabajo no fue mucho mejor: durante un par de meses padecí llantinas diarias (cada vez que alguien preguntaba "qué tal") y una sensación de asfixia casi constante. Y es que, como Alicia y la Reina Roja, corría hasta sacar el hígado por la boca para llegar a alguna parte pero, paradójicamente, no me movía del sitio. Y sentía que quizás algo dentro de mi se estaba desgastando de más, quizás para siempre.

En julio del año pasado escribía en esta foto de instagram que andaba "descomponiéndome a un ritmo imperceptible". Creo que sigue sin notarse, pero siento que este curso ha acelerado el proceso cosa loca. Una amiga dice que "el cuerpo es una maquinita" y también va en declive, ¡lo que me faltaba! Quizás es que he tenido más tiempo para mirarme fijamente en el espejo del baño, pero lo que antes era alguna cana suelta por mi melenón ahora son manojitos de "hilos de Luna", como María las llama elegantemente. La piel de mi cara está más manchada, del sol que me da en el camino al laboratorio, pues mi (leve) hipocondría y (elevado) sentido de la responsabilidad impiden que coja el metro con mucha frecuencia, y ahora resulta que he retomado la bicicleta. Como llevaba cinco años sin darle a un pedal y 60 días haciendo una media de 700 pasos al día, mis articulaciones se han resentido; además, en un episodio mi zona genital decidió ser hogar de un hongo que me tuvo una semana dolorida y molesta.

Huelga remarcar que noto más arrugas junto a los ojos.

Hasta aquí la revisión de mis descomposiciones. 

Ahora viene lo bueno.

Y lo bueno es que tengo muchas cosas que no pueden descomponerse, como mi gusto por las personas aunque no sepa mirarlas o escucharlas. También hay algunas que se han ido recomponiendo tras la descomposición: ya no temo correr quieta pues sé que llegaré a algún lado, quizás a la conclusión de que no quiero moverme.

Y luego están las mejores cosas de todas las que poseo: las que siguen conmigo a pesar de que me haya descompuesto... 

...Y Dios, que me ha acompañado todo el tiempo, aunque escondidísimo (aún sigo enfadada con Él por no dejarme verle), y sigue conmigo quizás precisamente porque sabía que yo me creería descompuesta.

miércoles, 6 de mayo de 2020

A día 51

No quiero salir a la calle
no quiero salir de casa:
en la calle no uso el móvil
y no puedo leer tus whatsapps.

¿En el siglo XXI ya no se escriben cartas?

No llega la primavera,
no llega para nosotros:
todo es silencio
            que ensordece
todo es calma
            caótica, 
todo es lodo
            que depura,
todo es muerte,
todo escombros.

Qué es lo que menos me gusta de la cuarentena, a dia 51:
  1. El silencio de gente
  2. Oír las campanas de la iglesia: a en punto, a y media y a las doce y cinco para el Ángelus.
  3. Madrugar para quedarme en casa
  4. Tener que cocinar cada día
  5. Tener que usar geles hidroalcohólicos
  6. Tener que ducharme cuando llego a casa
  7. No poder socializar
  8. No poder usar el móvil en la calle
  9. No poder ir al Centro de Jóvenes
  10. No poder ir al laboratorio

    Qué es lo que más me gusta de la cuarentena:
    1. El silencio de coches
    2. Oír los pájaros y las campanas
    3. Madrugar y quedarme en casa
    4. Poder cocinar cada día
    5. Usar geles hidroalcohólicos
    6. Ducharme justo cuando llego a casa
    7. No tener por qué socializar
    8. Mirar los árboles y los balcones cuando voy por la calle
    9. Escribir cartas al Centro de Jóvenes
    10. No ir al laboratorio

      domingo, 3 de mayo de 2020

      El cinturón de seguridad

      Cuando me enfurruño, me da por creer en voz alta que nos pasamos la vida entre cuatro rejas. Las cuatro rejas del curro, las de las relaciones afectivas; las cuatro rejas de la ley; las cuatro rejas de la Nueva Normalidad...

      Y sufro por esas rejas. 

      Por suerte, no suelo enfurruñarme con frecuencia pero, cuando ocurre, me cansan la vida y la muerte, el quehacer y el ocio, me cansa la gente y me canso yo. Me cansan las rejas impuestas, las autoimpuestas y, si estoy muy quemada, hasta las ineludibles. 

      Aunque no hay que olvidar que, en ocasiones, las cosas que nos atormentan son las que nos impiden caer al vacío.