¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

sábado, 5 de noviembre de 2011

Cuando complico lo simple.

Leerme un libro que me lleva al pasado, un déjà vu  de sentimientos, pensamientos en torbellino que desarman al más cobarde (los cobardes van más protegidos que los valientes). Mi mente se desgarra en imágenes informes, sin pies ni cabeza, que en lugar de moldearse, con el tiempo se deshilachan como mis vaqueros rotos.

Cuando pienso más de la cuenta me meto en un laberinto del que no suelo salir hasta años después… Todo laberinto tiene su minotauro, y lo más decepcionante es cuando complico lo simple, cuando no entiendo el significado de un “adiós” o cuando me empeño en no admitir que uno y uno son dos, y que si no son dos es porque uno no está.  Cuando no me creo que lo fácil sea lo correcto, y vuelo de un lado a otro buscando la falsa verdad que los tontos corrientes deseamos no conocer… A mi que no me bajen de la noria y que no me quiten las orejeras para no ver lo que tengo a los lados.
Todo laberinto tiene su minotauro

No se puede escribir solo por las ganas de redactar una frase, igual que no se debe vestir de verde solo porque sea San Patricio, hay cosas que deben salir del alma…

O del arma.


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Fecha original: hace un par de semanas
Porqué del texto: en un laberinto
Y por qué hoy: he salido del laberinto.

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