¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

lunes, 19 de marzo de 2012

De la chenille au papillon εїз


Al atardecer de un resplandeciente día de julio, mientras los veraneantes se divierten en la playa, con la despreocupación lógica de los días de descanso, en París los curiosos agobiados por el calor contemplan el estallido de los primeros fuegos artificiales tradicionales.

Amélie Poulain, a quien también llaman “La Madrina de los Desheredados” o “La Madonna de los Olvidados”; ha sucumbido presa de un gran agotamiento. Por las calles de un París agobiado por la pena, millones de anónimos ciudadanos se apiñan al paso del cortejo fúnebre, testimoniando en silencio el inmenso dolor de sentirse huérfanos a partir de ahora. Extraño destino, el de esta joven mujer, siendo ella misma una desposeída, y sin embargo tan sensible al discreto encanto de las pequeñas cosas de la vida.

Como don Quijote, Amélie decidió luchar contra el implacable molino de todas las miserias humanas. Un combate perdido de antemano, que consumió prematuramente su vida: con apenas 23 años Amélie Poulain, agotada, dejó su corta existencia debilitarse en los remolinos de la desdicha universal.

En su agonía, sólo sintió el lacerante remordimiento de haber dejado morir a su padre sin haber inyectado nunca, en ese hombre asfixiado, esa bocanada de aire fresco con el que había ayudado a tantos otros.


 

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