Yo pensaba que, cuando muriese, el recuerdo sería amargo: que recordaría lo incómodo, que lo que me dolía mirar en sus últimos días sería lo que contemplaría eternamente cuando ella me viniera a la cabeza.
Físicamente la vejez escuece en los ojos de los que la miramos. Cuando iba a acompañarla, de los míos salían todas las lágrimas que intentaba contener por decoro y por respeto, mientras temía ser condenada a que esa imagen se me incrustase demasiado en el hipocampo y no tuviera otro lugar al que volver cuando todo pasara.
Por suerte, quizás porque ya veía venir el vacío, esas Navidades decidí grabar nuestras conversaciones, incluso algunas durante su ingreso, sin decirle nada. También mi madre, dos años antes, nos había hecho ir una tarde a su casa a grabarnos a las cuatro cantando copla, ajenas nosotras (por nuestra juventud) a lo que vendría después.
Así es como he puesto sonido a la película muda.
De hecho, con cada grabación se crea una
nueva película: a través de sus anécdotas mil veces repetidas (cada vez escuchadas como si fuera la primera), su ingenio, su risa contagiosa: las cuatro tronchadas con sus coplas, cuplés y sevillanas, interpretadas siempre con los mismos gestos, la misma cadencia, la misma intriga.
Cuando murió investigué sobre el mundo de la copla. Y al escuchar a posteriori la grabación Coplas 3 (b), entendí que la mayor parte de lo que había buscado, y con lo que me había maravillado en Wikipedia, me lo había contado ella mil veces antes. Supongo que esto es extrapolable a la vida en general: probablemente ella ya me haya dado la clave para encontrar lo que busco, tan desconsolada.
¡Qué sabia es y qué poco le importa repetir mil veces!
P.S.: A pesar de todo esto, cuando paseo por el hospital donde trabajo me llegan olores que me transportan instantáneamente a la habitación de La Milagrosa donde soñó los últimos sueños de sus 90 años, 5 meses y 16 días.