¡Las palabras! ¡Las simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué límpidas, qué vivas y qué crueles! Quisiera uno huirlas... Y, sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen comunicar una forma plástica a cosas informes.

Oscar Wilde

lunes, 1 de octubre de 2018

Solo coincidió

Solo coincidió
que tú estabas allí
cuando, solo por desliz,
me puse la ropa con el alma por fuera.

Solo soy Espe. 
              Sobre todo soy Espe.



Lo escribí para publicarlo el 14 de mayo de 2012. Me parece aterrador que mi cerebro siga igual que cuando tenía 20 años. A ver si voy a tener que leer sobre feng shui para reamueblarlo.

sábado, 29 de septiembre de 2018

El arte de complicar las cosas

Tenemos el arte de complicar las cosas. Preferimos hacer el pinopuente con las orejas antes de aceptar que, como dijo Ockham, la respuesta más sencilla suele ser la más correcta.

Una vez me aconsejaron que no admitiera subjuntivos, que yo estoy hecha de otra pasta. Y por más que me lo repita, sigo sin comprenderlo; vivo anclada en ojalás. Y eso que decir la verdad no es malo, ni es insultar, por mucho que me duela, por mucho que no haya aprendido aún cuándo debo soltar la lengua y cuándo mordérmela.

Con la mente agujereada por las polillas, que son el mundo de fuera, intento arreglármelas a base de zurcidos invisibles.

“No seas puta, no seas puta”, y caigo hacia detrás, con todo el miedo del universo aferrado a la boca del estómago. 

Los “mañanas” siempre encuentran su forma de desplomarse cuando les llega el momento.

martes, 25 de septiembre de 2018

Basada en trozos de acero

Me lo imagino. Fue cuando te sentaste frente a tu pantalla junto a A. y contemplaste tu absurda y vacía vida basada en trozos de acero: trozos de acero atravesando tu piel; trozos de acero con ruedas y manillar; trozos de acero pegados a los microchips de tu ordenador.

Probablemente fue entonces cuando pensaste que escribirme sería una buena idea.

viernes, 23 de marzo de 2018

Me di cuenta

Me di cuenta  de que algo fallaba cuando leí que Virginia Woolf creía que para ser independiente una mujer necesitaba dinero y un cuarto propio.

Escribo esto tumbada sobre el montón de ropa planchada primero y usada después que reposa, provisional pero continuamente, sobre la cama propia que llevo meses sin usar.

Realmente me di cuenta mucho antes. Con cada respuesta indiferente hacia mis intereses. Con cada intervención que me callaba.

Sé que me quiere, no me malinterpretéis, pero me niego a pensar, ahora, que eso es suficiente.

Hace meses que no escribo, de hecho no existe registro de mi existencia de no ser por las fotos que le pido que cuelgue en las redes, como si yo no pudiera hacerlo, como si su firma le otorgase la validez que considero necesaria. Como si así yo misma me creyera más las cosas.

Hoy releía mi blog. La muda de la serpiente. Una vez más, me he sentido como una muda. Escribía por cualquier cosa. Por una mujer en el tren. Por los momentos con él. Por estudiar en la biblioteca. Por la lluvia. Ahora ni siquiera leo. Me lleva meses acabar un libro. Mi letra ahora es más desordenada y redonda,  ¿he vuelto a los años de aprender a escribir?

Me di cuenta cuando pensé: hasta M tiene un hobby. Todos hacen algo. Yo no, no existo. Yo no hago. ¿Dónde está mi huella?

Ya lo percibí en el otro piso, cuando miré la pared y solo vi un altar a mi ídolo. Fotos suyas y mías invadían el muro. No había otra cosa. Sólo él en mi vida.

No me engaño a mi misma: él no me pidió nada jamás. Muy por el contrario, solía ser yo quien demandaba atención constante.

Él solo existía y a mi eso me bastaba.

Y así fue como me olvidé de mi.

viernes, 9 de marzo de 2018

Lo que pasa cuando picas cebolla.

Yo pensaba que, cuando muriese, el recuerdo sería amargo: que recordaría lo incómodo, que lo que me dolía mirar en sus últimos días sería lo que contemplaría eternamente cuando ella me viniera a la cabeza.

Físicamente la vejez escuece en los ojos de los que la miramos. Cuando iba a acompañarla, de los míos salían todas las lágrimas que intentaba contener por decoro y por respeto, mientras temía ser condenada a que esa imagen se me incrustase demasiado en el hipocampo y no tuviera otro lugar al que volver cuando todo pasara.

Por suerte, quizás porque ya veía venir el vacío, esas Navidades decidí grabar nuestras conversaciones, incluso algunas durante su ingreso, sin decirle nada. También mi madre, dos años antes, nos había hecho ir una tarde a su casa a grabarnos a las cuatro cantando copla, ajenas nosotras (por nuestra juventud) a lo que vendría después.

Así es como he puesto sonido a la película muda.

De hecho, con cada grabación se crea una nueva película: a través de sus anécdotas mil veces repetidas (cada vez escuchadas como si fuera la primera), su ingenio, su risa contagiosa: las cuatro tronchadas con sus coplas, cuplés y sevillanas, interpretadas siempre con los mismos gestos, la misma cadencia, la misma intriga.

Cuando murió investigué sobre el mundo de la copla. Y al escuchar a posteriori la grabación Coplas 3 (b), entendí que la mayor parte de lo que había buscado, y con lo que me había maravillado en Wikipedia, me lo había contado ella mil veces antes. Supongo que esto es extrapolable a la vida en general: probablemente ella ya me haya dado la clave para encontrar lo que busco, tan desconsolada.

¡Qué sabia es y qué poco le importa repetir mil veces!










P.S.: A pesar de todo esto, cuando paseo por el hospital donde trabajo me llegan olores que me transportan instantáneamente a la habitación de La Milagrosa donde soñó los últimos sueños de sus 90 años, 5 meses y 16 días.