Me gustan las luces de otoño en un metro al aire libre. El sol pálido en la cara, su frio en mi nariz roja. Inspirar aire helado. Expirar vaho.
Me gusta oír un violín en el vagón de al lado, y ver árboles semidesnudos y llorosos.
Melancolía en carreteras muertas, tierra yerta, tierra fría, mil tonos tapizando el suelo en colores de calor: los colores son mentira.Engaños de noches solas pintan ojos que me mienten. Ojos de tonos invierno, miradas con propietario. Vuelven las orugas como con cada diciembre y algún día serán mariposas si las dejo.
Soy yo misma una oruga, una larva de libélula, yo soy un patito feo.
Puedo más de lo que creo y a veces me siento fuerte. Me ayudas sin que pueda verte. Hablas con la lengua de otros. Otros.
¿Otros vendrán que bueno le harán? Eso no posible es.
Que no mire las estrellas porque le importe más la tierra, que se crea dios del mundo. Insensible. Lo que yo finjo ser.
Está claro quién es la tonta.
Aún no he superado ese 17 de diciembre ni ese 27 de julio… Son como mis cumpleaños así que los recuerdo con mi extraño don. En invierno o en verano. Máximo común divisor: los nudos del pelo alborotado, los de manos entrelazadas, los nudos del alma que no se deshacen y con los que luego te tropiezas.
Otoño y sus luces. Los buses, que llegan pronto. Los besos, que llegan tarde. A esperar toca, toma asiento.El último dueño de mi sístole, el último dueño de mi diástole, una vez me preguntó cuándo me amargué. “No lo sé”, y me creció la nariz. Fue el 8 del febrero más largo de la Historia.
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