Me da mucho miedo saber que voy dejando trocitos de memoria por ahí.
Me dicen que es peligroso aferrarse a los recuerdos pero a mí me aterra perderlos. Así que los guardo en el corcho, en cajas, bolsillos, mares de fotos, banderas con y sin firmas, pegatinas, papelajos pintarrajeados y dibujos a medio hacer. Supongo que por eso a veces escribo ciertas cosas, para no olvidarlas.
Otras veces no lo planeo, en la calle me agreden imágenes que creía eliminadas, y sonrío, y canto canciones, y me convierto en uno de esos locos que hablan solos por la calle y a veces te paran. Aparecen motu proprio, nítidas, como invocadas por una canción, un olor, una palabra, una extraña asociación de ideas accionada por un interruptor en mi cabeza.
Los mejores recuerdos son los que guardamos dentro porque los demás hay veces que no sirven como interruptor, y te ves a ti misma intentando descifrar un papel roto, una notita de clase, que no te produce más sensaciones que el vacío y la decepción por la memoria perdida.
Si el recuerdo es muy importante, tus ojos lo pintan de nuevo. A algunos les tengo cariño especial, como cuando nacieron mis hermanos, o mi primer día de colegio, o mirar la lámpara de la habitación de mis padres por no poderme dormir. Intento envolver estos con papel de burbujas para que no se deterioren. Y cuando los redescubro me llena una sensación bruja, como cuando oyes tu canción favorita después de mucho tiempo.
He oído que las cosas que almacenamos son las que nos marcan, las que nos sacuden, pero a mi muchas veces me faltan cosas y tengo otras mil inútiles que ocupan mucho espacio.
¿Te imaginas elegir qué recordar?
Yo cambiaría el pin de mi móvil por la sensación de aprobar matemáticas, y la fórmula del ortofosfórico si me retornaran el apellido de Pedro, el rubito de clase de Sor Valen.
...Dejemonos de condicionales, que estamos hechos de otra pasta.
Yo cambiaré el pin de mi móvil por la sensación de aprobar matemáticas, y la fórmula del ortofosfórico si me retornan el apellido de Pedro, el rubito de clase de Sor Valen.
Yo olvidaré dónde está la caja secreta si recuerdo el título de esa canción, y olvidaré las conversaciones sobre estudios si alguien me hace recordar por qué nos reimos tanto esa vez. No sabré ya dónde vivo, ni la marca de zumo de melocotón que adoro, pero a cambio me acordaré del escalofrío de su mirada, de ese atardecer en O Cebreiro que me hizo renacer. De la primera vez que vi nevar coincidiendo con el día de mi cumpleaños. Y de los fuegos artificiales con 7 años, y de todas las bromas, de todas las noches, de todas las estrellas, de todas las Vías Lácteas, de todas las canciones y de todos los poemas.
Rebusco en los cajones a ver si encuentro ese recuerdo que se diluye y me angustia, y casi lloro y me hace sufrir por ver borrosas las caras de mis mejores amigos de la infancia.
Debería haber una oficina de recuerdos perdidos.
No hay como los recuerdos antiguos para desear formar nuevos, y cada día estoy más segura.
